A veces el pasado se siente como ese ex que no supera la relación… pero contigo. No importa cuántas veces lo bloquees mentalmente, ahí está, apareciendo sin avisar en forma de pensamientos, culpas o recuerdos incómodos justo cuando vas a dormir o cuando te estás comiendo unos tacos en paz. Pero aquí viene la buena noticia: no necesitas olvidar tu pasado para sanar, solo necesitas dejar de pelearte con él. Y no, no hace falta que le pidas disculpas a tu yo del 2008 por ese corte de pelo. Aunque no estaría mal.
Vamos a ver cómo puedes reconciliarte con tu historia sin tener que meterte en un retiro espiritual con gurús veganos.
1. Tu pasado no es tu sentencia, es tu contexto
Si te caíste de la bici a los 8 años, no dijiste “bueno, supongo que esto es mi vida ahora, soy el que se cae siempre”. Pero con las emociones sí lo hacemos. “Fui rechazado una vez, entonces no soy digno de amor”. ¿Perdón? Si fuera así, la humanidad entera estaría en Tinder con el nombre “Rechazado_87”.
Tu historia no define tu valor. Solo muestra por dónde has pasado, no adónde vas. No eres un resumen de errores. Eres una persona en construcción… con presupuesto limitado, sí, pero en construcción.
2. Deja de hacerle bullying a tu versión del pasado
A veces tratamos a nuestro “yo de antes” como si fuera el villano de nuestra serie. Pero él o ella hizo lo mejor que pudo con lo que tenía. No tenía la sabiduría de hoy, ni los memes terapéuticos de Instagram. Solo tenía miedo, sueños rotos y probablemente un Nokia.
Trátalo como tratarías a un amigo que la cagó: con compasión, con humor y recordándole que el error no lo define. Porque si pudiste sobrevivir a eso, claramente tienes habilidades dignas de superhéroe… aunque sean invisibles.
3. Perdonar no es olvidar, es soltar el costal
No hace falta que digas “estuvo bien lo que pasó”. Solo que decidas no seguir cargando con eso todos los días. Llevar el rencor es como hacer senderismo con una mochila llena de piedras solo para recordar que te dolió. Amigo, bájala. El tour ya se acabó.
El perdón es un regalo que te das a ti mismo, no a quien te lastimó. Es decir: “No permito que esto siga teniendo poder sobre mí”. Y si eso no es poder, no sé qué lo es.
4. Haz las paces, pero con humor
El humor es uno de los mejores caminos para sanar. Porque si puedes reírte de tu pasado (aunque sea después de llorar un poco), entonces ya no tiene control sobre ti. No estás ignorando el dolor, estás diciendo: “Te veo, te reconozco… y ahora te convierto en anécdota”.
¿Te equivocaste feo? Bienvenido al club. Aquí damos diplomas por cagarla y sobrevivir. Porque si algo une a la humanidad, es eso: todos tenemos una historia que, contada bien, podría ser un especial de Netflix.
5. Construye desde lo que eres, no desde lo que perdiste
Ya no eres quien fuiste. Y eso es excelente. Estás hecho de todas las veces que tropezaste y decidiste seguir. De los “no” que recibiste y transformaste en dirección. Y de los momentos oscuros donde aprendiste a brillar (aunque sea con una linternita USB).
No busques arreglar el pasado como si fuera una tarea pendiente. Usa lo aprendido para crear un futuro más ligero, más tuyo, más real.
En resumen: hacer las paces con tu pasado no es un acto mágico ni una charla de autoayuda con fondo de música instrumental. Es un proceso sencillo, humano y —con suerte— divertido. Y sí, puedes empezar hoy. Incluso si no tienes todo resuelto. Porque, spoiler: nadie lo tiene.
Y eso, mi querido lector, no te hace roto.
Te hace humano. Y eso ya es bastante.


