¿Alguna vez te has cachado diciéndote cosas como “soy un fracaso”, “nunca hago nada bien” o “ya la volví a regar, qué idiota soy”? Si tu respuesta fue “sí”, tranquilo: bienvenido al club del monólogo interior tóxico. No dan membresía, pero sí mucho malestar. Y la buena noticia es que también se puede renunciar.
Hablemos claro: la forma en que te hablas es la forma en que te tratas. Imagina que tu voz interior es un roomie que vive contigo las 24 horas del día, 7 días a la semana. Ahora pregúntate: ¿te caería bien vivir con alguien que te dice todos los días que eres insuficiente, torpe o indeseado? Si la respuesta es “ni de pedo”, entonces, ¿por qué aceptar vivir así contigo mismo?
¡Autoinsultarse no quema calorías!
Hay gente que cree que hablarse feo los motiva. Como si decirse “eres un inútil” después de comerse tres tacos extra fuera una estrategia de salud mental. Spoiler: no lo es. Insultarte no te hace más fuerte. De hecho, según la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), lo único que estás haciendo es reforzar creencias irracionales que te sabotean: como pensar que “deberías ser perfecto”, que “si no haces todo bien, no vales”, o que “no soportas equivocarte”. Spoiler 2: todos la cagamos. A diario. Y eso no nos hace menos humanos; nos hace… pues eso, humanos.
Cómo cambiar el canal mental (sin control remoto)
Cuando tu mente empieza a decirte que no vales, intenta detenerte y decir: “¿Esto me ayuda o me está hundiendo más?”. Si la respuesta es “me está hundiendo”, entonces no necesitas más culpa, necesitas más compasión. Puedes seguir teniendo metas, querer mejorar, aprender y crecer, sin necesidad de tratarte como si fueras tu propio bully escolar.
Prueba esto: la próxima vez que te equivoques, en vez de pensar “soy un imbécil”, intenta con “me equivoqué, pero eso no define mi valor como persona”. ¿Suena cursi? Tal vez. ¿Es mucho más sano? Absolutamente.
El club de los errores con dignidad
Mira, ni Erick el nadador de Guinea Ecuatorial en las Olimpiadas nadó tan lento como nuestras ganas de perdonarnos. Pero el tipo llegó, nadó solo, terminó su prueba entre aplausos y dijo: “Estoy feliz de haber terminado”. No dijo “soy el peor nadador”, ni “qué vergüenza”. Dijo: “Estoy feliz”. Si él pudo celebrar su esfuerzo en medio del juicio mundial, tú también puedes aprender a aplaudirte cuando simplemente haces lo mejor que puedes.
Hablarte bonito no es ser narcisista: es ser justo
No tienes que decirte mentiras como “soy el mejor del mundo mundial”, pero sí verdades útiles: “Estoy haciendo lo mejor que puedo”, “Me esfuerzo cada día”, “Merezco hablarme con respeto”. No porque seas perfecto, sino porque nadie se merece vivir con un tirano metido en la cabeza.
Y si todo esto te cuesta, recuerda: nadie nace sabiendo hablarse bien. Pero como en todo, se puede aprender. Y tú, sí tú, eres perfectamente capaz de hacerlo. Porque tienes derecho a vivir contigo como tu mejor aliado, no como tu peor enemigo.
Así que ya sabes, la próxima vez que tu voz interna quiera armar drama, dile: “Relájate, drama queen, aquí venimos a construir, no a destruir”.
Tu mente, tu cuerpo y tu dignidad… te lo van a agradecer.


