Todos tenemos ese amigo que parece vivir su vida bajo la filosofía del WiFi: si la señal está débil, se reinicia. Si duele, se desaparece. Y si todo está bien… se duerme.
Pero ¿y si te digo que sentirte mejor no pasa por evitar lo que duele, sino por hacerte amigo de eso que te incomoda? Suena raro, como enamorarte de la fila del SAT, pero sí, es más útil de lo que crees.
Vamos a ponerlo así: imagina que tienes una piedra en el zapato. Lo primero que hacemos todos es intentar ignorarla. Caminamos raro, cojeamos con elegancia y hasta le echamos la culpa al pavimento. Pero la piedra sigue ahí, molestando. Ahora, ¿qué pasaría si en lugar de ignorarla, la sacaras, la miraras y dijeras: “Ah, con que tú eres la que me arruinas el paso. Pues mira, gracias por enseñarme que necesito unos tenis más cómodos”?
Así funciona el dolor emocional. No es un castigo, es una alerta. Es tu sistema nervioso diciéndote: “¡Hey! Hay algo que tienes que revisar aquí”. Pero, como buenos humanos, preferimos meternos a ver TikToks de gente bailando en vez de escucharlo.
Y ahí está el truco.
La Terapia Racional Emotiva Conductual (sí, suena como nombre de libro de texto, pero es más útil que muchos influencers) dice que el sufrimiento no viene de lo que pasa, sino de lo que pensamos sobre lo que pasa. Es decir, no es que te dejaron en visto, es que piensas: “Me dejaron en visto porque no valgo nada”. ¿Ves la diferencia? Una es la realidad, la otra es el drama mental estilo telenovela.
El dolor es inevitable. El sufrimiento innecesario es opcional.
Porque sí, que te duela algo es normal: una pérdida, un fracaso, una crítica. Pero si te quedas rumiando “esto no debería pasarme”, “no lo soporto”, “la vida es injusta”, ahí es donde empieza el sufrimiento de más. Como ese amigo que se queja de todo pero no cambia nada.
En cambio, si aprendes a decir: “Esto duele, pero puedo con ello”, estás entrenando tu mente para que no se hunda al primer tropiezo. Es como enseñarle a tu cerebro a no hacer berrinche cada vez que no le dan un premio.
¿Quieres saber si estás creciendo? Fíjate en cómo respondes al dolor.
¿Lo niegas, lo tapas con memes o lo usas como material para conocerte mejor?
Aceptar el dolor, mirarlo de frente, llorarlo si es necesario, reírte de ti mismo después, y preguntarte: “¿Qué puedo aprender de esto?” es una forma profunda de autoestima. Una que no necesita validación externa. Una que no busca likes, sino paz.
Así que la próxima vez que te sientas mal, no huyas. No lo ignores. No lo maquilles.
Escúchalo.
Y luego dile: “Gracias, dolor. No viniste a destruirme, viniste a enseñarme algo. Aunque ojalá hubieras llegado con pan”.
Bienvenido al club de los que sienten, sufren, aprenden y siguen caminando. Porque aunque duela, aquí estamos. Y eso, aunque no lo veas, ya es un acto de valentía.


