Imagina esto: son las 3:00 a.m., todo está en silencio, la ciudad duerme… y tu cerebro decide que es el momento perfecto para recordarte que en segundo de secundaria te caíste frente a toda la escuela. Porque claro, ¿qué mejor hora para revivir traumas menores que justo cuando más necesitas descansar?
Pero, ¿por qué lo hace? ¿Nuestro cerebro es un villano de telenovela que se quedó sin chamba y ahora busca sabotearnos desde adentro?
No exactamente… pero casi.
El Club de las 3 A.M.
A esa hora, tu cerebro activa lo que podríamos llamar “la junta ejecutiva del caos emocional”. Asisten:
- La culpa
- El arrepentimiento
- La ansiedad por el futuro
- El recuerdo innecesario de que dijiste “igualmente” cuando el mesero te deseó buen provecho
Todos traen PowerPoints con gráficos alarmistas y la única regla es que no puedes dormir hasta que hayas repasado todos tus fracasos desde 1997.
Y sí, científicamente tiene sentido: a esas horas la parte racional del cerebro está de vacaciones, y la emocional tiene turno doble. Lo que piensas a las 3 a.m. no es verdad: es tu cerebro haciendo freestyle con tus miedos.
El síndrome del «Y si…”
¿Y si mañana todo sale mal?
¿Y si no soy suficiente?
¿Y si me pasa lo que le pasó a mi primo que sólo fue al OXXO y terminó en una secta de coaching motivacional?
Este “y si…” es como ese amigo que te invita a fiestas donde todo termina con gente llorando en el baño y alguien sacando una guitarra. No aporta nada útil, pero aparece siempre.
El cerebro: ese dramaturgo frustrado
Según la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), no son los hechos los que nos afectan, sino lo que pensamos sobre esos hechos. Y de noche, pensamos con la intensidad de un adolescente que acaba de descubrir el reguetón triste.
Ahí estás tú, acostado, y tu cerebro:
—“¿Y si nunca logras tus metas?”
Tú: “Son las 3 de la mañana, bro, ¿podemos hablar de esto a una hora decente?”
—“¡Nunca es un buen momento para ignorar tus fracasos!”
¿Cómo calmar al cerebro drama queen?
No se trata de luchar contra él, sino de darle un abrazo con límites. Algunas ideas:
- Escribe los pensamientos y luego contéstalos como lo haría tu yo más sabio (ese que aparece sólo cuando aconsejas a los demás).
- Recuerda: si no resolverías ese problema en pijama y sin café, probablemente no vale la pena pensarlo a esa hora.
- Practica decir: “Ese pensamiento es válido, pero no es útil ahora”.
Conclusión: No estás solo (aunque parezca)
A todos nos pasa. A ti, a mí, a Einstein probablemente también le pasaba (y seguro pensaba: “¿Y si mi teoría está mal y sólo inventé álgebra con efectos especiales?”).
Así que, cuando el cerebro te despierte a las 3 a.m. con su drama de siempre, respóndele con humor y compasión:
—“Gracias, mente, pero ahorita no. Estoy ocupado durmiendo para poder sobrevivir a ti mañana.”
Dormir también es un acto de amor propio. Y tú, por cierto, mereces dormir tranquilo. No por ser perfecto, sino por ser humano.
Buenas noches. O buenas madrugadas.



