1. Una mente como la tuya o la mía
Carla tiene 32 años, trabaja en una agencia de marketing digital y, como muchas personas, convive con una voz interna que a veces le juega en contra. Es buena en lo que hace, pero suele sentirse como una impostora. Cada vez que comete un error —por mínimo que sea— su mente le lanza sentencias como: «¿Ves? Nunca vas a estar a la altura.» o «Deberías haberlo sabido. Eres un desastre.»
Lo que Carla más deseaba era poder vivir sin ese juicio constante, sin ese nudo en el estómago cada vez que abría el correo por la mañana. No buscaba ser perfecta. Solo quería dejar de sentirse como si cada paso en falso la definiera por completo.
2. El conflicto que se repite
Un martes cualquiera, tras una junta donde su presentación no salió como esperaba, Carla se encerró en el baño de la oficina. Miró su reflejo, con los ojos vidriosos, y pensó: “¿Por qué siempre me pasa esto? ¿Por qué no puedo dejar de sabotearme?”
La rabia y la vergüenza se mezclaban. No era la primera vez. La sensación de fracaso la perseguía desde la universidad. Siempre se decía que “necesitaba hacerlo todo bien para demostrar que valía algo”. Era esa exigencia invisible, autoimpuesta, la que la desgastaba más que cualquier jefe.
3. La caída y el giro
Después de esa tarde, Carla decidió buscar ayuda. Encontró una terapeuta que trabajaba con Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC). En su primera sesión, escuchó algo que cambió su manera de entender lo que le pasaba:
—“Carla, lo que piensas no es siempre la verdad. Y mucho menos una orden.”
Fue como si le hubieran hablado en otro idioma. Pero la psicóloga se lo explicó con un ejemplo sencillo: “Si alguien te hace una crítica, tú puedes interpretarla como una catástrofe o como una oportunidad. El problema no es lo que pasa, sino lo que tú te dices al respecto.”
4. El modelo que lo cambió todo
La terapeuta le enseñó el modelo ABC de la TREC:
- A: Acontecimiento activador (Ej. «Mi jefe me hizo una observación»)
- B: Creencias (Ej. «Si me corrigen, es porque soy un fracaso»)
- C: Consecuencias emocionales y conductuales (Ej. ansiedad, evitación, tristeza)
Carla entendió que sus emociones no nacían directamente del evento (A), sino de lo que se decía a sí misma sobre ese evento (B). ¡Eso significaba que podía cambiar algo!
5. El momento más difícil
El verdadero punto de inflexión llegó semanas después, cuando Carla recibió un correo donde se le pedía rehacer una campaña entera. De inmediato pensó: “Soy inútil. Seguro están pensando en despedirme.”
Pero esta vez, en lugar de caer en el espiral, hizo una pausa. Respiró, tomó su libreta, y escribió la secuencia ABC.
Luego añadió una nueva letra:
D – Disputar la creencia irracional:
“¿Dónde está escrito que un error me convierte en inútil?”
“¿Qué evidencia tengo de que me van a despedir?”
Y terminó con E – una nueva creencia racional:
“Cometí un error. Es molesto, pero lo puedo corregir. Esto no define todo lo que soy.”
La ansiedad no desapareció como por arte de magia, pero se volvió manejable. Y por primera vez en años, sintió que tenía cierto control sobre lo que pasaba dentro de su cabeza.
6. Lo que empezó a cambiar
Con el tiempo, Carla desarrolló nuevas formas de hablarse a sí misma. Frases que al principio le parecían extrañas, pero que comenzaron a resonar:
- “Preferiría no equivocarme, pero puedo tolerarlo.”
- “Mi valor no depende de hacer todo perfecto.”
- “Me molesta que me critiquen, pero no es el fin del mundo.”
Aprendió a distinguir entre emociones sanas (como la preocupación o la decepción) y emociones perturbadoras (como la vergüenza paralizante o el odio hacia sí misma). Comenzó a escribir sus pensamientos automáticos, los debatía y practicaba nuevas respuestas racionales.
Incluso en momentos de estrés, como cuando un cliente gritó por teléfono, logró mantenerse firme diciéndose: “Esto es incómodo, pero no insoportable. Puedo manejarlo.”
7. El clímax: una escena inesperada
Un día, durante una presentación importante con un nuevo cliente, su mente intentó sabotearla de nuevo. “¿Y si te trabas? ¿Y si quedas en ridículo?”
Sintió cómo sus manos sudaban. Su voz tembló al comenzar. Pero esta vez, en vez de huir o bloquearse, pensó:
«Está bien estar nerviosa. No necesito hacerlo perfecto. Solo quiero compartir lo que sé.»
Y lo hizo. Se equivocó una vez, corrigió, siguió adelante. Cuando terminó, recibió un aplauso. No por ser perfecta, sino por haber sido clara, genuina… humana.
8. Un nuevo comienzo
Carla no se convirtió en una supermujer sin dudas. A veces, todavía tiene pensamientos duros. Pero ya no les da el micrófono sin filtro. Aprendió que no necesita pelearse con su mente, sino dialogar con ella.
Empezó a aplicar lo aprendido también en su vida personal: con su pareja, con su madre exigente, consigo misma al mirarse al espejo. Ya no se define por un error ni por un mal día.
9. El mensaje final
Carla entendió que sus pensamientos negativos no son mandatos divinos. Son solo pensamientos. Y si son irracionales, puede desafiarlos, modificarlos y seguir adelante.
Porque como le dijo su terapeuta:
“No necesitas creer todo lo que piensas. Puedes elegir qué pensamientos alimentar.”
Reflexión final:
Carla aprendió que los pensamientos negativos no son órdenes, sino solo hipótesis que podemos cuestionar. Aprendió que su valor no depende de ser perfecta, sino de atreverse a vivir con autenticidad. Y eso, en sí mismo, ya es un triunfo.



