Cómo aprender a ser tu propio fan número uno

4–6 minutos
  1. Nadie la apoyaba… ni siquiera ella misma
  2. El conflicto invisible: cuando no puedes verte con buenos ojos
  3. La transformación comienza con una duda
  4. El momento más difícil: enfrentarse a su creencia raíz
  5. El punto de inflexión: descubrir su nueva voz
  6. Clímax: el día que celebró en voz alta
  7. Epílogo: una nueva manera de estar en el mundo
  8. Mensaje final

    Nadie la apoyaba… ni siquiera ella misma

    A veces, el peor enemigo no está fuera. Está dentro. Eso le pasó a Clara.

    Tenía 34 años, trabajaba en una oficina de diseño gráfico y todos los días escuchaba elogios sobre su trabajo. Pero no importaba cuántas veces le dijeran “lo hiciste genial”. Algo dentro de ella susurraba: “Solo tuviste suerte… otra vez”. Ese “algo” era su voz crítica, su juez interno. Un fantasma que le decía que nunca era suficiente.

    Lo más duro era que, aunque lo sabía, no podía callarlo.


    El conflicto invisible: cuando no puedes verte con buenos ojos

    Clara no tuvo una infancia particularmente difícil, pero sí muy exigente. Padres que la elogiaban por sus logros, no por su esfuerzo. Profesores que premiaban la perfección. Amigos que celebraban cuando destacaba, pero no cuando simplemente era ella.

    Así aprendió una creencia silenciosa pero poderosa: “Solo valgo cuando lo hago todo bien”.

    La consecuencia de esta idea no era solo inseguridad. Era un cansancio emocional profundo. Vivía en una eterna sensación de insuficiencia, aunque desde fuera parecía “exitosa”.

    Un día, tras recibir una promoción en su trabajo y no sentir ni una pizca de alegría, se rompió a llorar en el baño. “¿Por qué no puedo sentirme orgullosa de mí?”, se preguntó entre lágrimas.


    La transformación comienza con una duda

    Por sugerencia de una amiga, Clara comenzó terapia. En su segunda sesión, la psicóloga le dijo algo que la desconcertó:

    —No tienes que ganarte tu valor. Ya lo tienes.

    Clara se rió, nerviosa. “Eso suena bonito… pero no es real”.

    —¿Estás segura? ¿Dónde está escrito que debas hacerlo todo perfecto para merecerte tu propio aprecio?

    La pregunta la golpeó. No tenía una respuesta. Solo esa sensación incrustada de que debía demostrar algo… siempre.

    La terapeuta le explicó entonces el modelo ABC de la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC): no son los hechos los que nos perturban, sino las creencias que tenemos sobre esos hechos. Clara creía que tenía que ser perfecta para valorarse. Esa era su B (creencia irracional) ante cualquier A (evento activador). Y así, su C (consecuencia emocional) era la autoexigencia, el agotamiento, la tristeza constante.


    El momento más difícil: enfrentarse a su creencia raíz

    Clara comenzó a anotar sus pensamientos cada vez que se sentía insuficiente. “No lo hice bien”, “Podría haber sido mejor”, “Seguro que se arrepienten de haberme elegido a mí”.

    Durante una sesión, escribió en grande:

    “No puedo fallar. Si fallo, decepciono a todos. Y entonces, me decepciono a mí misma.”

    Fue ahí cuando comprendió que no se permitía ser humana.

    La psicóloga le enseñó a debatir ese pensamiento con preguntas:

    • ¿Es realista pensar que puedes no fallar nunca?
    • ¿Conoces a alguien valioso que nunca se equivoque?
    • ¿Qué pasaría si fallas? ¿Qué harías tú si una amiga falla?

    Clara se dio cuenta de que, si fuera su amiga, le diría: “Estás aprendiendo. Eso no borra todo lo bueno que has hecho”.

    ¿Por qué no podía decirse eso a sí misma?


    El punto de inflexión: descubrir su nueva voz

    Una tarde, Clara escribió una carta a su “yo crítica”. En ella decía:

    «Gracias por querer protegerme. Pero ya no necesito que me grites para crecer. Estoy aprendiendo a hablarme con respeto.»

    Desde entonces, empezó a practicar afirmaciones racionales:

    • “Prefiero hacerlo bien, pero no necesito hacerlo perfecto.”
    • “Mi valor no depende de un resultado.”
    • “Merezco reconocer mis avances, no solo mis metas cumplidas.”

    No fue magia. A veces su crítica volvía con fuerza. Pero ahora Clara tenía herramientas. Ya no creía todo lo que pensaba. Aprendió a dudar de su voz interna negativa y a cultivar una nueva: su propia hinchada interna.


    Clímax: el día que celebró en voz alta

    Pasaron seis meses. Clara, con una sonrisa contenida, envió su portafolio a un concurso nacional de diseño. Algo que antes ni habría considerado, por miedo a no estar “a la altura”.

    Cuando recibió la noticia de que había sido seleccionada como finalista, lo primero que hizo fue lo impensable:

    Se abrazó a sí misma. Y susurró: “Estoy orgullosa de mí. No por ganar. Por atreverme”.

    Y lloró. Pero esta vez, de alegría.


    Epílogo: una nueva manera de estar en el mundo

    Hoy, Clara no es perfecta. Sigue teniendo días de duda. Pero también tiene una voz aliada dentro que le recuerda que vale por ser quien es, no por lo que logra.

    Empezó a celebrar sus pequeños avances. Aprendió a decir “me esforcé” sin añadir “pero no fue suficiente”. Y a mirarse al espejo sin buscar errores.

    Ahora, cuando alguien le pregunta qué cambió, responde:

    “Aprendí a ser mi propia fan número uno.”


    Mensaje final

    Ser tu fan número uno no es narcisismo. Es justicia emocional.

    Significa dejar de tratarte como tu peor enemigo y comenzar a tratarte como tratarías a quien más quieres.

    Recuerda: no necesitas ser perfecto para merecerte tu propio respeto.

    El verdadero cambio empieza cuando dejas de exigirte como un juez… y te acompañas como un amigo.



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