Has diseñado el plan perfecto. Ya sea una tabla de puntos para que tu hijo recoja su cuarto, un sistema de «auto-premios» para motivarte a ir al gimnasio, o una nueva regla en la oficina. Sobre el papel, es impecable. Pero en la realidad… bueno, digamos que el cuarto sigue hecho un desastre y tus zapatillas de deporte siguen acumulando polvo.
¿Por qué fallan nuestros intentos de modificar conductas, incluso cuando tenemos las mejores intenciones?
A menudo, el problema no es la estrategia en sí, sino el «combustible» que utilizamos para moverla. En psicología conductual, el comportamiento se rige por sus consecuencias. Si las consecuencias (reforzadores para aumentar conductas, o castigos para reducirlas) no tienen la «potencia» suficiente, el motor del cambio simplemente no arrancará.
Si te sientes estancado, es hora de hacer una auditoría de potencia. Aquí hay 4 razones por las que tus consecuencias podrían estar fallando.
1. El efecto «Buffet Libre»: Cuando el premio ya no apetece (Saciedad)
Imagina que intentas motivar a alguien para que haga un trabajo extra ofreciéndole una porción de pizza, pero esa persona acaba de comerse tres pizzas familiares ella sola. ¿Funcionará tu incentivo? Absolutamente no.
Esto se llama saciedad. Un reforzador solo funciona si el sujeto tiene cierto «hambre» de él. Si intentas que tu hijo se porte bien ofreciéndole 10 minutos extra de iPad, pero él ya tiene acceso ilimitado a la tablet todo el día, esos 10 minutos tienen un valor cercano a cero. Su «depósito» de tiempo de pantalla ya está lleno.
La reflexión: Para que un premio motive, debe ser algo relativamente escaso o deseado en ese momento. Si hay barra libre del premio, este pierde su poder.
2. El error de «A mí me gusta»: Asumir qué motiva al otro
Este es el error más común en padres, jefes y parejas. Asumimos que lo que nos motivaría a nosotros funcionará para los demás. Tú podrías matar por una tarde tranquila leyendo un libro, pero para tu adolescente extrovertido, eso podría parecerse peligrosamente a un castigo.
Un reforzador se define por su efecto, no por tu intención. Si le das a alguien un «premio» y su conducta no aumenta, entonces, por definición, no era un reforzador para esa persona. Lo mismo aplica a los castigos: lo que a ti te parece terrible, a otro le puede dar igual.
La reflexión: Deja de intentar «sobornar» a tu gato con lechuga. Observa qué es lo que realmente valora la otra persona, no lo que tú crees que debería valorar.
3. La trampa del «Ya te lo daré luego»: La inmediatez es reina
El cerebro humano (y animal) está diseñado para valorar el presente mucho más que el futuro. Un pequeño placer ahora (comerse ese pastel) suele ganar la batalla contra un gran placer después (tener un cuerpo saludable en seis meses).
Si la consecuencia llega demasiado tarde, pierde potencia dramáticamente. Si castigas a un niño por algo que hizo hace tres horas, solo conseguirás confundirlo. Si te prometes un viaje a fin de año por ir al gimnasio hoy, la conexión es demasiado débil para vencer la pereza matutina.
La reflexión: Las promesas a largo plazo son como los propósitos de Año Nuevo: fáciles de hacer, pero imposibles de mantener cuando la tentación inmediata está delante.
4. Pistolas de agua contra incendios: El desajuste de intensidad
A veces, el problema es simplemente una cuestión de cálculo económico. La conducta problemática (como procrastinar viendo series en lugar de estudiar) ya tiene un reforzador natural muy potente: es divertido, cómodo y evita el estrés inmediato.
Para vencer esa conducta, tu consecuencia artificial debe ser más fuerte que el beneficio natural del mal hábito. Si la «multa» por no estudiar es meramente que tú pongas mala cara, pero el placer de ver Netflix es inmenso, Netflix ganará siempre. Necesitas una consecuencia que incline la balanza.
La regla de oro: La consecuencia debe ser proporcional a la resistencia de la conducta que quieres cambiar.
La reflexión: No vayas a una guerra de tanques armado solo con un tirachinas. Asegúrate de que tu artillería conductual esté a la altura del desafío.
En resumen
Si tu estrategia de cambio de conducta está fallando, no tires la toalla ni culpes a la «falta de voluntad». Piensa como un ingeniero: el mecanismo es correcto, pero quizás necesitas ajustar el combustible. Revisa la potencia, la inmediatez y el valor real de tus consecuencias.
Antes de rendirte, pregúntate: ¿Es el «precio» que he puesto realmente suficiente para comprar el cambio que deseo?


