Imagina que estás aprendiendo a montar en bicicleta. Tienes miedo de caer, te tiemblan las piernas y el manillar parece tener vida propia. Tu instructor está corriendo a tu lado. De repente, la bici se tambalea. ¿Qué esperas que haga tu instructor? ¿Que agarre el manillar y te frene en seco para que no te asustes? ¿O que te grite «¡Sigue pedaleando, tú puedes!» mientras te deja recuperar el equilibrio por ti mismo?
En la terapia de exposición para la ansiedad, tu psicólogo es ese instructor. Y aquí viene la parte sorprendente: si te «salva» del miedo, en realidad podría estar estropeando tu recuperación.

A menudo pensamos que un terapeuta está ahí para hacernos sentir bien inmediatamente, para ser un paño de lágrimas y calmarnos cuando la ansiedad ataca. Pero cuando se trata de superar fobias o ansiedad severa, el papel del terapeuta es radicalmente distinto y, a veces, contraintuitivo.
Aquí te explicamos por qué tu psicólogo no te rescatará de tu ansiedad (y por qué deberías agradecérselo).
1. La Paradoja del «Rescate»: Por qué Ayudar Puede Dañar
Parece cruel, ¿verdad? Estás frente a eso que te aterroriza —una araña, un ascensor, una multitud— y tu corazón va a mil. Tu instinto te grita «¡Sácame de aquí!», y esperas que tu terapeuta te diga «Tranquilo, vámonos, ya pasó».
Pero si el terapeuta hace eso, sucede algo nefasto en tu cerebro: el Refuerzo Negativo.
Al escapar de la situación justo cuando el miedo es alto, tu cerebro aprende que la única forma de sobrevivir era huir. La próxima vez, tu miedo será aún más fuerte y tu necesidad de escapar, más urgente.
La cita clave: «Si el sujeto escapa de la situación aversiva con un grado alto de ansiedad, se reforzará la conducta de evitación a tal situación.» — Aurora Gavino, Técnicas de Terapia de Conducta.
En resumen: Si te rescato hoy, te condeno a tener miedo mañana. Menudo «favor», ¿no?
2. El Objetivo no es Calmarte, es Habituarte
El rol del terapeuta durante la exposición no es lograr que te relajes in situ (aunque sería agradable), sino asegurarse de que te aburras de tener miedo.
Esto se llama habituación. Es como meterse en una piscina de agua fría. Al principio quieres salir corriendo, pero si te quedas quieto un rato, tu cuerpo se regula y el agua ya no molesta.
El terapeuta actúa como un ancla. Su trabajo es bloquear tu salida (física o mentalmente) y mantenerte en la situación temida hasta que tu cerebro diga: «Bueno, parece que no nos hemos muerto. Voy a bajar la alerta». Si el terapeuta interviene para distraerte o calmarte prematuramente, interrumpe este proceso natural.
Es como querer broncearse poniéndose crema protectora factor 500. No va a funcionar.
3. Cuidado con las «Muletas» (Conductas de Seguridad)
A veces, el «rescate» es sutil. No es sacarte de la habitación, sino darte un vaso de agua, decirte «respira hondo, todo está bien» repetidamente o dejarte agarrar su mano con fuerza.
En el mundo de la Terapia Cognitivo-Conductual, esto se conoce como conductas de seguridad. Son pequeñas muletas que usas para transitar el miedo sin sentirlo del todo. El problema es que terminas creyendo que sobreviviste gracias a la muleta, no gracias a tu propia capacidad.
Un buen terapeuta de exposición identificará estas muletas y te pedirá amablemente que las sueltes. No es sadismo, es eficacia. Quiere que descubras que tú eres más fuerte que tu miedo, sin necesidad de amuletos ni manos apretadas.
4. El Copiloto, No el Piloto
Piensa en tu terapeuta como un copiloto experto en un vuelo con turbulencias.
- Él diseña la ruta: Sabe por dónde ir para que el desafío sea justo (ni muy fácil, ni imposible).
- Él chequea los instrumentos: Vigila tus niveles de ansiedad para asegurarse de que estás en la zona de aprendizaje.
- Pero TÚ llevas los mandos: Tú eres quien debe sentir las sacudidas y mantener el rumbo.
Si el copiloto tomara los mandos cada vez que hay una nube, nunca aprenderías a volar. El terapeuta te ofrece guía y estructura, pero te retira el «apoyo» que genera dependencia. Te enseña a tolerar la incertidumbre y la incomodidad, que son habilidades vitales mucho más allá de la consulta.
Como diría Albert Ellis, se trata de cambiar la exigencia de «no debo sentirme mal» por la preferencia de «no me gusta, pero puedo soportarlo».
Reflexión Final
La próxima vez que sientas que tu psicólogo te está «empujando» hacia lo que temes en lugar de protegerte de ello, recuerda: no está fallando en su trabajo, lo está bordando. Está confiando en tu capacidad de resiliencia más de lo que tú mismo confías ahora.
Pregúntate esto: ¿Prefieres un alivio momentáneo que te mantiene atado al miedo, o una incomodidad temporal que te regala una libertad permanente?
¿Sientes que la ansiedad te está limitando y necesitas un «copiloto» experto? La terapia de exposición es una de las herramientas más potentes que existen, pero funciona mejor con un profesional cualificado. Te invitamos a dar el paso en Psicólogo En Línea.
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