¿Alguna vez has salido de terapia sintiendo que acabas de ser interrogado amablemente? «¿Y qué pensaste exactamente en ese momento?» «¿Cómo te sentiste?» «¿Qué hiciste después?» «¿En una escala del 0 al 100…?»
Si tu psicólogo, especialmente uno de orientación Cognitivo-Conductual (TCC), te hace preguntas detalladas sobre qué, cuándo, cómo y dónde, no es por simple curiosidad. Es porque está aplicando el método científico.
Lejos de ser una charla sin rumbo, la terapia moderna es un proceso de investigación estructurado. Tu terapeuta no es un detective que busca un culpable, sino un científico de datos que, junto a ti, busca desentrañar el caso. Bienvenidos al «empirismo colaborativo», un término popularizado por Aaron T. Beck, pionero de la Terapia Cognitiva.
Veamos cómo funciona este método en la consulta.
Fase 1: La Delimitación del Caso (La Evaluación Conductual)
Un detective no puede resolver un crimen si no sabe qué crimen se cometió. De igual modo, el primer paso en terapia es definir el problema con precisión. Las quejas vagas como «me siento mal» o «soy un desastre» no son operativas.
El terapeuta necesita hechos. Para ello, utiliza la entrevista clínica para «delimitar el problema». Te preguntará:
- ¿Cuál es el problema?: (Ej. «Siento ansiedad al hablar con mi jefe»).
- ¿En qué situaciones?: (Ej. «Solo cuando tengo que presentarle un informe»).
- ¿Con qué personas?: (Ej. «Solo con él, no con mis compañeros»).
- ¿Qué piensas o sientes?: (Ej. «Pienso que va a pensar que soy incompetente»).
Esta recopilación de datos es fundamental para construir el «expediente del caso». Es el núcleo de la evaluación conductual.
Fase 2: Identificar al Sospechoso (La Hipótesis)
En la Terapia Cognitivo-Conductual, la «pista» principal es que no son las situaciones (A) las que nos perturban, sino nuestras creencias (B) sobre esas situaciones, lo que genera las consecuencias (C) emocionales y conductuales.
Tu pensamiento automático («Mi jefe piensa que soy incompetente») no se acepta como una verdad. Se trata como el «principal sospechoso», es decir, como una hipótesis.
El trabajo del terapeuta-detective es ayudarte a formular esas ideas y creencias que tienes sobre ti mismo y el mundo como hipótesis que pueden (y deben) ser puestas a prueba.
Fase 3: Recolectar Evidencia (Los Autorregistros)
Ningún detective va a un juicio sin pruebas. En terapia, las pruebas se recolectan fuera de la consulta. La herramienta clave es el autorregistro, como el «Registro Diario de Pensamientos Distorsionados».
Este registro es tu «bitácora de detective». En ella anotas:
- La situación (A): «Mi jefe me miró serio».
- El pensamiento (B): «Está enfadado conmigo, he hecho algo mal».
- La emoción (C): «Ansiedad (80%)».
Al traer esta «evidencia» a la sesión, el terapeuta y tú la analizan. Buscan patrones, cuestionan la lógica («¿Qué evidencia tienes de que está enfadado? ¿Existen otras explicaciones?») e identifican distorsiones cognitivas (errores en el procesamiento de la información).
Fase 4: El Experimento (Poner a Prueba la Hipótesis)
Aquí es donde el método científico brilla. Una vez que se tiene una hipótesis («Si digo lo que pienso, se enfadarán») y la evidencia (los registros), el terapeuta y tú diseñan un experimento conductual o una «tarea para casa».
Estos son experimentos de la vida real para someter a prueba tus creencias.
- Hipótesis: «No puedo hacer nada bien».
- Experimento: Programar una actividad muy pequeña (Ej. «Ordenar el escritorio durante 10 minutos») y registrar el resultado.
- Resultado: El escritorio está ordenado.
- Conclusión: La hipótesis «No puedo hacer nada bien» es falsa.
Conclusión: Caso Resuelto
El objetivo de este proceso detectivesco no es encontrar un culpable, sino liberarte. Al aplicar el método científico a tus propios pensamientos, aprendes a diferenciar tus interpretaciones de la realidad.
El terapeuta actúa como un guía experto en esta investigación, pero el objetivo final es que tú te conviertas en tu propio detective. Aprendes a cuestionar tus pensamientos automáticos, a buscar evidencia real y a corregir tus propias distorsiones.
Así que, la próxima vez que tu psicólogo te pregunte «¿Y qué evidencia tienes para sostener ese pensamiento?», no te sientas interrogado. Siéntete como Sherlock Holmes: estás a punto de descubrir una verdad que te hará libre.



