Seamos honestos. ¿Cuántas veces al día te encuentras mentalmente frustrado porque las cosas no son como deberían ser?
«La gente debería usar la direccional». «Mi jefe debería reconocer mi esfuerzo». «Yo ya debería tener una vida más exitosa a esta edad».
Vivimos la vida con un manual de reglas interno, grueso y lleno de anotaciones en tinta roja. El problema es que nadie más ha leído nuestro manual. Ni el universo, ni tu pareja, ni el tipo del coche de al lado. Y cada vez que la realidad rompe una de nuestras reglas, sentimos ira, ansiedad o depresión.
El psicólogo Albert Ellis, fundador de la Terapia Racional Emotiva (TRE), tenía un nombre para esto: exigencias absolutistas. Y son la forma más rápida de arruinarte el día.
Aquí he destilado las formas más comunes en que esta tiranía de los «debería» nos sabotea, basándome en los pilares de la terapia cognitiva.
1. La exigencia sobre ti mismo («Yo debo…»)
Esta es la voz del perfeccionismo tóxico. «Yo debo hacer todo bien». «Yo debo ser el mejor padre/empleado/amigo». «Yo debo ser siempre inteligente y elocuente». «No debo cometer errores».
Cuando mantienes esta regla, cualquier cosa que no sea la perfección absoluta se siente como un fracaso catastrófico. No te das permiso para ser humano, solo para ser una máquina de rendimiento.
El remate: Es como intentar vivir tu vida mientras te apuntas con una pistola a la cabeza, y el que sostiene la pistola eres tú mismo. ¡Relaja el gatillo, Clint Eastwood!
Por qué importa: Esta exigencia es la receta perfecta para la ansiedad (el miedo a no cumplir la regla) y la depresión (la conclusión de que, como no la cumpliste, eres un fracaso inútil).
2. La exigencia sobre los demás («Ellos deben…»)
Aquí es donde nace la mayor parte de nuestra ira y resentimiento. «La gente debe tratarme con justicia». «Mi pareja debe entenderme y apoyarme siempre». «Mis amigos deben ser leales».
Esperamos que los demás sigan nuestro código ético personal, y cuando no lo hacen (porque tienen su propio código, o simplemente tuvieron un mal día), lo tomamos como una ofensa personal y cósmica.
El remate: Es como repartir un guion a todo el mundo sin avisarles, y luego enfadarte cuando improvisan. ¡Sorpresa! La gente no sabe leer tu mente.
Por qué importa: Esta mentalidad te convierte en un juez y jurado constante de los demás. Te roba la capacidad de aceptar a las personas como son y te mantiene en un estado perpetuo de indignación.
3. La exigencia sobre el mundo («La vida debe…»)
Esta es la «Baja Tolerancia a la Frustración» en estado puro. «La vida debe ser justa». «El mundo no debería ser tan difícil». «Las cosas deben salirme bien y sin esfuerzo».
Cuando exigimos que el universo sea un lugar cómodo, fácil y predecible, nos volvemos incapaces de manejar la adversidad. El más mínimo inconveniente (tráfico, una factura inesperada, que llueva en tus vacaciones) se siente como una tragedia insoportable.
El remate: Exigirle al mundo que sea justo y fácil es como gritarle al océano que deje de tener olas. El océano seguirá a lo suyo, y tú solo acabarás con dolor de garganta y los zapatos mojados.
Por qué importa: La realidad es, por definición, frustrante, caótica e injusta a veces. Si tu felicidad depende de que eso cambie, estás condenado a la frustración crónica.
El Antídoto: Cambiar tu «Debería» por un «Me Gustaría»
Entonces, ¿la solución es que no nos importe nada? No. La solución es mucho más sutil y poderosa: cambiar tus exigencias por preferencias.
No es lo mismo pensar «Yo debo aprobar este examen» (lo que genera pánico) que pensar «Yo realmente prefiero aprobar este examen, y me esforzaré al máximo por ello… pero si no lo hago, será decepcionante, no el fin del mundo. Podré soportarlo».
El primer pensamiento es rígido y se rompe con la realidad. El segundo es flexible y te permite adaptarte.
Los manuales de la TRE lo resumen perfectamente, señalando que la salud mental se basa en dos pilares fundamentales:
…los 2 pilares fundamentales de un estilo de vida psicológicamente sano, son la autoaceptación incondicional (es decir, cambiar exigencias por preferencias en lo que respecta a uno mismo) y un alto nivel de tolerancia a la frustración (es decir, cambiar exigencias por preferencias por lo que respecta a la vida y a las otras personas).
El remate: Pasa de ser un dictador tiránico que escribe leyes en piedra, a ser un científico que plantea hipótesis flexibles. Es mucho menos estresante, y la bata de laboratorio es opcional.
La única regla que quizás sí necesitas
La paz mental no llega cuando el mundo finalmente decide obedecer tu manual de reglas. Llega cuando te das cuenta de que ese manual es el origen del problema y decides, en un acto de rebelión radical, empezar a usar un borrador.
Así que, la próxima vez que te escuches decir «debería»… detente y pregúntate: ¿Es una exigencia o una preferencia?
¿Qué pasaría si hoy eligieras que tu bienestar es más importante que tener la razón?



